Humanidades digitales. ¿Añejo vino en odres nuevos?

Durante las últimas semanas en el casillero de entrada del correo y en la línea de tiempo (TL) de mi cuenta en Twitter han ido apareciendo, como hongos tras la lluvia, mensajes, noticias y comentarios sobre las Humanidades Digitales (también se puede encontrar bajo la forma Humanística digital). La verdad es que sobre las Digital Humanities me llegan notas asiduamente desde principios de 2011, tras la convención de la Modern Language Association de ese año, en la que hubo una sesión titulada The Institution(alization) of Digital Humanities y que dio pie al grueso volumen Debates in the Digital Humanities (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2012). Todo este jaleo parte de un artículo de William Pannapacker, titulado «The MLA and the Digital Humanities» (The Chronicle of Higher Education, 28.12.2009), en el que decía que

the digital humanities seem like the first ‟next big thing” in a long time, because the implications of digital technology affect every field.

Mucho antes de leer este artículo de Pannapacker, ya había caído en mis manos el libro A Companion to Digital Humanities (editado por Susan Schreibman, Ray Siemens y John Unsworth. Oxford: Blackwell, 2004), por lo que las Digital Humanities eran para mí unas viejas conocidas. Por otra parte, muchos ya estábamos trabajando en las HD desde mucho antes de que se acuñara el término. El mismo Pannapacker lo reconoce en otro artículo posterior («Pannapacker at MLA: Digital Humanities Triumphant?», enero 2011)

they’ve been doing their thing for more than 20 years (and maybe even longer than that).

Y Katherine Hayles (How we Think: Digital Media and Contemporary Technogenesis. University of Chicago Press, 2012) nos recuerda que «The Digital Humanities have been around since at least the 1940’s» (p. 23), que es cuando Roberto Busa comenzó las labores del Index Thomisticus, un índice lematizado de las obras de Santo Tomás de Aquino, para lo que contó con la ayuda de IBM. Primero apareció en 56 tomos impresos y en la actualidad se puede consultar en línea. No es mi objetivo contar la historia de las humanidades digitales; es mucho más entretenido y completo el capítulo de Susan Hockey «The History of Humanities Computing» (A Companion to Digital Humanities), aunque hoy ya puede estar ligeramente desfasado.

La primera noticia que he podido encontrar en España (quizá haya muchas más) sobre las humanidades digitales, pero referidas a un aspecto que que hoy no se incluye —creo— dentro de las HD: la lingüística computacional, se remontan a 1966, a un monográfico que se dictó en el curso de la Escuela de Investigación Lingüística de la Oficina Internacional del Español (ABC, 29.12.1966). Años más tarde lo vuelvo a localizar en la tesis doctoral de Ramón Almela Pérez titulada ¿Qué es la lingüística computacional?: Teoría y práctica (Murcia: Universidad, 1979).

Según Juan Carlos Tordera Yllescas (El abecé de la Lingüística computacional. Madrid: Arco Libros, 2012), «la Lingüística computacional es una disciplina teórica que busca aplicaciones para nuestra sociedad» (p. 9) y es un ámbito que incluye subcampos como las tecnologías del habla, el análisis y generación del lenguaje o la traducción automática (p. 17). Dejemos la lingüística computacional porque es una área que, por el momento, no se integrará con las humanidades digitales pues, como dice Tordera Yllescas, no «se puede considerar al lingüista que utiliza en su quehacer diario un ordenador como un lingüista computacional» (p. 9), aunque hay voces que declaran que se deben aliar, pues a veces la lingüística computacional está más cerca de las HD de lo que algunos de sus practicantes están dispuestos a admitir. 

A mediados de los años 1980 empiezan a aparecer algunos artículos en español sobre la metodología informática para la edición de textos (quiero recordar que parte de mi tesis doctoral, defendida en 1983, la hice con un pequeño ordenador personal —casi un juguete visto desde hoy— para el que hube de escribir el programa). Por entonces se comenzó a hablar de la filología informática y, un poco más tarde, de informática y humanidades que es, precisamente, el título de un libro F. Marcos Marín (Madrid: Gredos, 1994).

A finales de la década de 1980, es cuando los ordenadores personales (los famosos PC) comienzan a popularizarse y a ser relativamente frecuentes en las facultades “de letras”. En esos momentos es cuando, por ejemplo, se funda en la Universidad Autónoma de Barcelona el Seminario de Filología e Informática, cuyo resultado más reciente es la edición en CD-ROM del Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico de J. Corominas y J. A. Pascual (Madrid: Gredos, 2012); y algo anterior es el libro Filología e informática: Nuevas tecnologías en los estudios filológicos (Bellaterra: UAB, 1999). Pero dejémonos de historias.

El nombre Humanidades Digitales se remonta a principios del siglo XXI, cuando la editorial oxoniense Blackwell (hoy parte de Wiley) prepara el volumen A Companion to Digital Humanities. De la historia del nacimiento de este término (buzzword), que ha tenido fortuna, da cuenta Matthew Kirschenbaum:

The real origin of that term [digital humanities] was in conversation with Andrew McNeillie, the original acquiring editor for the Blackwell Companion to Digital Humanities. We started talking with him about that book project in 2001, in April, and by the end of November we’d lined up contributors and were discussing the title, for the contract. Ray [Siemens] wanted “A Companion to Humanities Computing” as that was the term commonly used at that point; the editorial and marketing folks at Blackwell wanted “Companion to Digitized Humanities.” I suggested “Companion to Digital Humanities” to shift the emphasis away from simple digitization.

 

Definición

Pero… ¿qué son realmente las Humanidades digitales (Digital Humanities) o la Informática humanística (Humanities Computing)?

El reciente libro de Anne Burdick, Johanna Drucker, Peter Lunenfeld, Todd Presner y Jeffrey Schanpp, Digital_Humanities (MIT Press, 2012) ofrece una definición muy restrictiva de lo que se ha de entender por humanidades digitales y por un humanista digital. Para ellos,

the practice of digital humanities cannot be reduced to doing the humanities digitally (p. 101)

e insisten en ello en Short Guide to Digital Humanities (pp. 121–136 de Digital_Humanities) cuando dicen:

The mere use use of digital tools for the purpose of humanistic research and communication does not qualify as Digital Humanities. (p. 121)

Es decir, no vale con ser un humanista (filolólogo en mi caso) digitalizado. Esto se lo ha reprochado Franco Moretti en un reciente artículo (5.2.2013) de Uncomputing (Building and (Not) Using Tools in Digital Humanities). Sin embargo, en digital.humanities@Oxford (nació entre el verano de 2010 y el de 2011, cuando de TEI@Oxford Summer School se convirtió en Digital Humanities at Oxford Summer School) entienden que las Humanidades Digitales son la

research that uses information technology as a central part of its methodology, for creating and/or processing data.

investigación que utiliza la tecnología de la información como parte central de su metodología para crear y/ procesar datos.

Creo que esta es la definición que mejor cuadra, y en la que debemos centrarnos, pues el número de definiciones es amplio, tanto que en 2009 la Universidad de Alberta abrió una wiki titulada How do you define Humanities Computing / Digital Humanities? dentro de una actividad anual que llaman Day of the DH.

Pero para ser humanistas digitales (HD/DHer) primero tenemos que ser investigadores digitales (ID/DS). ¿Qué es es lo que hace que un investigador sea digital y otro no lo sea? La mejor exposición de qué es un investigador digital es la que presenta Martin Weller su magnífico libro The Digital Scholar: How technology is Transforming Scholarly Practice, que ya he reseñado someramente. Básicamente se reduce un abordar la investigación con enfoque digital, abierto y en red («a digital, networked, open approach»), en el que no se ha de tener miedo a experimentar y a equivocarse, porque en el camino se aprende.

Quiero recordar, antes de finalizar, que las humanidades digitales (o informática humanística) comenzaron entre la gente de lengua y literatura, pero pronto se extendieron a otros ámbitos “de letras” y de las ciencias sociales, por lo que no es una parcela exclusiva de ninguna especialidad ni de ninguna lengua; su rasgo principal es la multidisciplinariedad, la transdisciplinariedad y el multilingüismo y está, como todo lo abierto, contra los localismos.

Las humanidades digitales es un ámbito en plena efervescencia y, como todo lo (aparentemente) novedoso, propenso al alboroto. Ya hay quien no cree que deba hablarse de Digital Humanities sino de las Digital Liberal Arts (W. Pannapacker, Stop Calling It ‘Digital Humanities’ —18.2.2013—; Rafael Alvarado Start Calling it Digital Liberal Arts —19.2.2013)pero esto es añadir, creo, más ruido.

En fin, al contrario que Pannapacker, no me he sentido como Rip van Winkle sino como Monsieur Jourdain, de ahí el subtítulo de este artículo —parte de un verso de Menéndez Pelayo y del que nace el nombre de una conocidísima colección española— ¿Añejo vino en odres nuevos?

 

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